El derrame petrolero del Golfo de México, derivado del hundimiento de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon a partir de abril de 2010, ha puesto en evidencia no ya nada más el riesgo económico, político, geoestratégico y ecológico de la exploración en aguas ultra-profundas, sino que ha puesto al descubierto también la realidad y magnitud del campo de fuerzas políticas -vale decir geopolíticas- que en torno de la industria petrolera gravita, siendo a veces sorprendente para muchos la potencia que las grandes corporaciones petroleras (BP, Shell, Exxon-Mobil) concentran y en función de la cual se nos aparecen desplegando su fuerza a escala mundial como verdaderas máquinas de guerra (tanto militar como económica y mediática).
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